La convocatoria de elecciones generales me lleva a reflexionar sobre qué hace que una candidatura consiga movilizar a su electorado. A lo largo de mi trayectoria, he tenido la oportunidad de gestionar campañas, desde la dirección general hasta la coordinación de áreas específicas. Mi primera campaña fue una local, en Tenerife, en 2007. También he trabajado como periodista en innumerables comicios, desde las elecciones municipales y autonómicas de 1999, y, desde el año 2000, sigo con especial interés las elecciones en Estados Unidos, empezando por las que enfrentaron a George W. Bush y Al Gore. Esa experiencia me ha permitido observar de cerca cómo se construyen las campañas, cómo se relacionan las candidaturas con la ciudadanía y qué elementos pueden marcar la diferencia.
Desde mi experiencia en comunicación y asesoramiento, tanto en procesos locales y generales como en elecciones de colegios profesionales, hay una condición previa: tener un proyecto útil para las personas a las que se quiere representar. Un programa con motivaciones claras y propuestas que respondan a las necesidades de la ciudadanía o del colectivo.
Pero, a partir de ahí, para mí hay tres elementos fundamentales.
El primero es el alma. Una candidatura necesita confianza, complicidad, ganas de trabajar, implicación y transparencia entre quienes la forman. Esa mezcla genera algo que difícilmente se puede fabricar durante una campaña: el amor por lo que se está haciendo. Cuando existe, se transmite.
El segundo es el análisis electoral y demoscópico. Hay que escuchar, estudiar y comprender al electorado: qué le preocupa, qué espera y dónde están los apoyos que podemos movilizar. La intuición tiene valor, pero la estrategia necesita datos y conocimiento de la realidad.
El tercero es la ilusión que proyecta la candidatura. La imagen de campaña y, especialmente, la actitud de quien la lidera deben transmitir alegría, cercanía y optimismo. La sonrisa tiene que expresar una convicción: creer en el proyecto y en la posibilidad de mejorar las cosas.
Tengo una máxima: las elecciones se ganan con sonrisas. Entiendo el liderazgo desde la capacidad de ofrecer un horizonte positivo, incluso cuando toca señalar problemas. Para que alguien se levante del sofá y vaya a votar necesita un motivo. El programa le da razones; el alma de la candidatura y la ilusión de quien la encabeza pueden darle el impulso necesario para hacerlo.
La mayoría de las veces, esto es lo que ocurre: las candidaturas que consiguen movilizar desde la confianza, la ilusión y un proyecto compartido tienen más posibilidades de ganar. Pero no son matemáticas. Hay circunstancias, momentos y tendencias que pueden hacer que también desde el mal humor, la indignación o incluso el odio se movilice a una parte del electorado y se gane una elección. Las emociones negativas también pueden ser poderosos motores electorales. Por eso, lo que explico no es una fórmula exacta, sino una reflexión basada en la experiencia: cada campaña tiene su contexto y cada sociedad, sus propios estados de ánimo.
