Hay nombres que uno no inventa. Los encuentra.
En mi caso, el nombre llevaba toda la vida rondándome. No como una idea de negocio, ni como una estrategia de branding, sino como algo mucho más profundo: una referencia familiar constante.
Mi bisabuelo, Joaquim Aguila Molla, siempre ha estado presente en casa. No lo conocí, pero sí crecí escuchando hablar de él. Un referente para mi abuela (Cristina Aguilà), mi madre (Cristina Ricart), mi tía Bole (Rosa Ricart), mi tío Johnny (Joan Ricart) y mis tías abuelas (el resto de hermanas Aguilà: Rifu, Pilar, Rosa María, Lita y Nuria).
Me imagino a mí bisabuelo como un señor de principios de siglo, inventor, autodidacta, emprendedor, marido currante y proveedor, padre amoroso y abuelo motivador.
El origen: construir en tiempos difíciles
Lo que sé de él no viene de libros, sino de relatos. Pero con el tiempo he podido poner contexto a su historia gracias a documentos familiares como los que mi tía Bole desarrolla de forma continua en una compleja empresa de documentar todo el legado familiar que sea posible.
En una época en la que la soldadura eléctrica todavía era una tecnología emergente, él desarrolló maquinaria propia, más ligera y eficiente, y perfeccionó elementos clave como los electrodos —esas varillas metálicas recubiertas que, al conducir electricidad, generan el calor necesario para fundir el metal y unir piezas—. Creó el “soldador Águila”. Con diferentes modelos.

Su trabajo no fue menor: sus máquinas sirvieron para soldar estructuras metálicas, vías de tren o incluso elementos navales. En plena posguerra, cuando reconstruir un país golpeado por la guerra y el fascismo emergente, era una necesidad urgente. Disponer de herramientas más accesibles marcaba la diferencia.

Según se recoge en la documentación, llegó a registrar al menos 16 patentes en distintos ámbitos industriales, en soldadura y en otros campos técnicos .
Pero más allá de los logros técnicos creó una marca: “La Soldadura Eléctrica Águila”.
La marca, el símbolo.
Esta es la marca y su símbolo:

La he visto de manera recurrente gracias al trabajo documental de mi tía Bole, en el que alguna vez me he sumado.
El impacto definitivo fue ver entre mis manos un soldador. Mi madre y mi tía se hicieron con un soldador original cada uno, comprado en una web de productos de segunda mano. Pude tocar un producto que procuró los recursos para desarrollar un proyecto familiar y dejar legado.
La llegada de esos soldadores coincidió con el 60 cumpleaños de Bole y mi tía segunda Rifu. El evento, celebrado en el Hotel Almadrava Park estaba presidido por los dos soldadores y por un regalo a los asistentes en forma de gorra con el logo “Águila” (a modo de merchan). El logotipo es la firma de mi bisabuelo, subrayada por una especie de rayo que terminaba en chispa. Una representación muy clara de lo que era su producto: energía, precisión, transformación.
Durante años pensé que algún día podría hacer algo con eso. No como una copia. No como una apropiación. Sino como un homenaje.
La necesidad: ordenar lo que hemos construido
Después de más de una década desarrollando proyectos de comunicación entre Tarragona y Tenerife, ha llegado el momento en el que tenía que poner orden.
Habíamos crecido:
Por un lado, la agencia de comunicación Quimeras, con presencia en Tarragona y Tenerife. Por otro, los proyectos de radio: Ràdio Ciutat de Tarragona y Baix Camp Ràdio. Y más recientemente, la productora Podcast Estudios.

Me faltaba una estructura clara. Una marca que estuviera por encima. Una marca que no compitiera con las otras. Una que los ordenara.
Una marca paraguas.
El intento: recuperar “Águila”
La primera idea fue evidente: recuperar la marca original.
Junto a mi diseñador gráfico (Sebas Fernéndez) trabajamos un restyling, adaptándola, modernizándola, incluso planteando una catalanización del nombre. La propuesta tenía todo el sentido desde lo emocional.
Pero cuanto más avanzaba el proceso, más claro lo veía: no podía hacerlo.
Porque no era mía.
Podía sentirla como propia, sí. Podía estar conectado a ella. Pero apropiarme directamente del nombre “Águila” no me parecía justo ni honesto.
Y ahí es donde apareció la solución.
El giro: Tarragona
Un día, dándole vueltas, pensé en uno de los símbolos más reconocibles de Tarragona: L’Áliga.
Para quien no lo conozca, L’Áliga es una de las figuras más emblemáticas del Seguici Popular. Tiene un peso simbólico enorme en la ciudad y cada año protagoniza uno de los momentos más esperados de Santa Tecla: la Baixada de l’Àliga.
Y entonces todo encajó.
“Àliga” no solo era la traducción al catalán de “Águila”. Era también una forma de vincular la marca al territorio donde nació el proyecto. De anclarla a la ciudad.
De darle contexto.
La decisión: crear ÀLIGA
Así nace ÀLIGA.
No como una copia del pasado, sino como una reinterpretación.
Una marca que recoge la esencia de “Águila”, pero que la adapta, la respeta y la sitúa en el presente. Que mantiene elementos simbólicos —como la tipografía o la chispa—, pero que construye una identidad propia.
Y, sobre todo, una marca que cumple una función clara: ser el paraguas de todos los proyectos.
Lo importante: el significado
ÀLIGA no es solo un nombre.
Es una forma de ordenar lo que hacemos. De darle coherencia. De construir algo con sentido.
Pero también es algo más personal.
Es una manera de mirar atrás sin quedarme ahí. De reconocer de dónde vengo, sin intentar replicarlo, sino reinterpretarlo.
En mi familia ha habido muchos emprendedores. Por quedarme en las generaciones después de mis abuelos que conozco mi bisabuelo materno Joaquim Àguila, mi abuelo materno Joan Ricart y mi bisabuelo paterno Ruperto Peña.
Supongo que todo eso deja huella.
Un compromiso
Este artículo es, en el fondo, un pequeño homenaje.
A quienes vinieron antes. A quienes construyeron sin tenerlo fácil. A quienes crearon cosas que, décadas después, siguen teniendo significado.
Pero también es un compromiso.
El de cuidar esta marca. El de hacerla crecer con sentido. Y el de estar a la altura de lo que representa.
El camino hasta el logotipo de ÀLIGA
¿Cómo se construye una marca cuando detrás hay historia?
Diseñar el logotipo de ÀLIGA no fue un ejercicio de diseño. Fue un proceso de interpretación.
No partíamos de cero. Partíamos de una herencia.
Y eso cambia completamente las reglas.
1. El punto de partida: una marca que ya existía
Todo empieza con una referencia muy concreta: la marca original de mi bisabuelo.
“Soldadura Eléctrica Águila”.
No era solo un nombre. Era una identidad muy clara:
- Una tipografía manuscrita, con carácter
- Una “A” muy reconocible
- Un símbolo eléctrico: un rayo que terminaba en chispa

Ese último elemento no era decorativo. Representaba exactamente lo que hacía la empresa: transformar materia a través de la energía.
Aquí aparece el primer dilema creativo:
¿Reinterpretar o replicar?
La respuesta fue clara desde el inicio: reinterpretar.
2. El primer intento: modernizar “Águila”
El primer trabajo con el diseñador fue intentar actualizar la marca original.

Se exploraron varias líneas:
- Mantener la esencia de la tipografía
- Simplificar formas
- Adaptar el símbolo del rayo
- Llevar la marca a un lenguaje más contemporáneo
A nivel visual, el resultado funcionaba.
Pero conceptualmente no.
Había algo que no terminaba de encajar: tenía que seguir intentado trabajar en hacer más mira la marca.
Y ahí es donde el proceso se detiene… para replantearse desde cero.
3. El giro conceptual: de Águila a ÀLIGA

El cambio no fue gráfico. Fue estratégico.
La clave aparece cuando conectamos tres elementos:
- La herencia familiar (“Águila”)
- El territorio (Tarragona)
- El significado cultural (l’Àliga)
La solución fue sencilla y potente:
ÀLIGA.
- Mantiene el origen
- Se vincula al territorio
- Gana identidad propia
Aquí deja de ser un rediseño y pasa a ser una marca nueva con raíces.

4. La construcción del símbolo: la chispa evoluciona
Una vez definido el nombre, aparece el verdadero trabajo de diseño.
La pregunta clave fue:
¿Cómo mantenemos el ADN sin copiarlo?
Primera idea: mantenemos la tipografía y le añadimos el subrayado con la chispa, incluyendo unas ondas de radio.

A Sebas no le terminaba de funcionar. Y además le falaba acento. Por lo que hicimos este invento que manchaba el logo. No encontramos la forma de integrar el acento.

Sebas me planteó no poner el rayo y la chispa. Para la chispa era innegociable.
Y como siempre, el y yo, llegamos a un acuerdo en una discusión de 5 segundos. La respuesta estuvo en un gesto muy concreto:
- El rayo original desaparece como subrayado
- La chispa se mantiene
- Y se integra en el propio nombre
¿Dónde?
En el acento.

El acento de la “À” deja de ser un signo ortográfico y se convierte en símbolo.
Este es probablemente el momento más importante del proceso:
Cuando el concepto se convierte en forma.
5. Incluir la palabra Grup
Àliga es el nombre de un grupo. Debe representarse como tal.

6. La «À» el símbolo


7. El logo y sus aplicaciones




